Creo que el presidente se enrabietó como un niño, sin citarse nunca a sí mismo ni tirar la toalla
DEMETRIO MALLEBRERA -laverdad,es- Que nadie se confunda, pero creo que puede resumirse así la frase más infantil, aunque demasiado acongojante, que se haya podido
escuchar en los años de democracia que conocemos los españolitos actuales. No la debo hurtar al lector en su contenido completo, entre otras cosas porque he podido caer en el atrevimiento de hacer un resumen que no pretende salirse de contexto y dañar a quien dijo tan extremadas palabras (algunos cronistas la han llamado autoflagelación), que a lo mejor sólo son el fruto de una incontenible pataleta en un momento indudablemente tenso dentro de un debate donde quien se salió de madre escuchó de todo menos guapo. Y es que fue muy fuerte la diputada Rosa Díez (que antes fue socialista peligrosa en su discurso hasta el punto de haberle oído auténticas ofensas a sus contrarios, y ahora lidera un partido 'filosófico', que es una interrogación por el momento) cuando increpó a Rodríguez al decirle: «Señor presidente, usted ha generado incertidumbre; su política y su forma de hacer política son responsables de que se haya hundido el crédito de España». Eso de 'hundido' me recuerda los tesoros (algunos por descubrir todavía y, sin duda, muy valiosos) que los barcos de este país perdieron en alta mar en sus luchas coloniales y de pirateo que mantuvieron con los ingleses, y que han servido de argumento para algunas novelas de Pérez-Reverte, quien sabe hundirte en la oscuridad oceánica con verdadera maestría. Pero no es ninguna tontería la que procede del reproche de Rosa Díez: que se ha hundido -en el fondo del mar, ¡ea!- el crédito de España. Y todos sabemos dónde están las llaves, matarile; o, al menos, quién las tiene.
No me entretengo más, y voy a la increíble respuesta del Zapatero (no de Elche ni de Elda, ni de Baleares, ni de China, sino de León; que todo hay que explicarlo). Levantado de su asiento, con todo respeto y seriedad y la discreta elegancia que le caracteriza y el tipito de pasarela que tiene, el presidente empezó respondiendo que España es un país solvente, sólido, fuerte y con crédito internacional (justo lo contrario de lo que decían algunos periódicos centroeuropeos ese día y también el anterior) y siguió diciendo que su estado (el de España, según creo) «como todos los gobiernos del mundo, ha tenido que tomar medidas rápidas y desconocidas (aquí sería preciso escribir 'sic', o sea, que algo tan curioso merece ser explicado más y mejor, o es que todo el mundo, como él mismo, está improvisando y desdiciéndose continuamente) para hacer frente a la mayor crisis de los últimos ochenta años».
Pero fíjese en lo que sigue ahora: «Pero le puedo asegurar, a pesar de lo que usted dice, que el crédito de España es muy alto en el mundo (¿muy alto?; ¿no estaba hundido, según la señora Díez?). Es fruto de lo que hemos hecho todos durante 30 años; seguramente, el que menos ha hecho, fíjese, es este Gobierno, estoy dispuesto a admitirlo». Y la Cámara aplaudió en reconocimiento a sus palabras sin saber si eran dulces o acres.
Si el crédito que tiene España es el prestigio que ha alcanzado en treinta años, ¿quiere entonces decirnos que los seis años últimos han sido desastrosos? Si tener un crédito es tener una deuda, mejor me callo, no vayan a tener razón los que nos atacan desde otros países con el benéfico fin de salvarnos después. Pero yo creo que el presidente, muy conscientemente, se refiere a la reputación, que puede ser buena, mala o regular, y ante tantas embestidas, llegadas desde fuera de España, desde la calle, desde patronal y sindicatos, desde los medios de comunicación, y prácticamente desde todos los grupos parlamentarios presentes en el hemiciclo, se enrabietó como un niño, sin citarse nunca a sí mismo ni tirar la toalla, que era lo que algunos estuvieron a punto de ver. El documento presentado no gustó porque, para empezar, estaba incompleto, ¿o es que sólo había que hablar de despidos con todo lo que se advierte y adivina que nos va a caer? Aunque con este pesar presidencial, y su permanente sonrisa que ya sabemos que es un cliché cincelado sobre un rostro de mármol, no podemos negar que su actitud conmovió y que ahora más de uno espera algún gesto más cercano, quizás contando con las respuestas de los demás sumando lo que falta al documento inicial. Esto, sin haberlo pretendido, es un relato demostrativo de evidentes síntomas de agotamiento humano y programático. A verlas venir.